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1.
"Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios".
Pronunciando las palabras de
esta antífona, con la que la Iglesia de Cristo ora desde hace siglos, nos
encontramos hoy ante Ti, Madre en el año jubilar de la nuestra Redención.
Nos encontramos unidos con
todos los Pastores de la Iglesia, con un particular vínculo,
constituyendo un cuerpo y un colegio, así como por voluntad de Cristo los
Apóstoles constituían un cuerpo y un colegio con Pedro.
En el vínculo de tal unidad
pronunciamos las palabras del presente Acto, en el que deseamos incluir,
una vez más, las esperanzas y las angustias de la Iglesia por el mundo
contemporáneo.
Hace cuarenta años, y luego
diez años después, Tu siervo, el Papa Pio XII, teniendo ante tus ojos
las dolorosas experiencias de la familia humana,
ha confiado y consagrado a Tu Corazón Inmaculado todo el mundo y
especialmente los pueblos que, por su situación, son objeto particular de
Tu amor y de Tu solicitud.
Este
mundo de los hombres y de las
naciones lo tenemos ante los ojos también hoy; el mundo del segundo
milenio que está por terminar, el mundo contemporáneo, nuestro mundo!
La Iglesia, recordando aquellas palabras del Señor : "Id
... y enseñad a todas las naciones... He aquí que Yo estoy con vosotros
todos los días hasta el fin del mundo"(Mt 28,19-20), ha reavivado,
en el Concilio Vaticano II, la conciencia de su
misión en este mundo.
Y por eso, oh
Madre de los hombres y de los pueblos, Tú que conoces todos sus
sufrimientos y sus esperanzas, Tú que sientes maternalmente todas las
luchas entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas, que sacuden
el mundo contemporáneo, acoge nuestro grito que, movidos por el Espíritu
Santo, dirigimos directamente a Tu Corazón : abraza,
con amor de Madre y de Sierva del Señor, este nuestro mundo humano,
que te confiamos y consagramos, llenos de inquietudes por la suerte
terrena y eterna de los hombres y de los pueblos. De un modo especial te
confiamos y consagramos aquellos hombres y aquellas
naciones, que de esta entrega y de esta consagración tienen
particular necesidad.
"Bajo Tu amparo nos
acogemos, Santa Madre de Dios! ¡No
desprecies nuestras súplicas, que estamos en la prueba!".
2. He aquí, encontrándonos
ante Ti, Madre de Cristo, ante tu Corazón Inmaculado, deseamos, junto con
toda la Iglesia, unirnos a la consagración que por amor nuestro, tu Hijo
ha hecho se sí mismo al Padre : "Por ellos - ha dicho Él - me
consagro a Mí mismo, para que también ellos sean consagrados en la
Verdad "(Jo, 17,19). Queremos unirnos a Nuestro Redentor en esta
consagración por el mundo y por los hombres, la cual en su Divino Corazón,
tiene la fuerza de obtener el perdón y de procurar la reparación.
La fuerza de esta consagración dura para todos los tiempos y abraza a todos los
hombres, los pueblos y las naciones, y supera todo mal que el espíritu de
las tinieblas es capaz de provocar en el corazón del hombre y en su
historia y que, de hecho, ha provocado en nuestros tiempos.
Oh ¡Cuán profundamente
sentimos la necesidad de consagración para la humanidad y para el mundo :
para nuestro mundo contemporáneo, en unión con Cristo mismo! La obra
redentora de Cristo, en efecto, debe
ser participada por el mundo por medio de la Iglesia.
Esto manifiesta el
presente año de la Redención : el Jubileo extraordinario de toda la
Iglesia.
¡Seas bendita ( en este Año
Santo), sobre toda criatura Tú,
sierva del Señor, que del modo más pleno obedeciste a la divina llamada!.
¡Seas saludada Tú que estás enteramente unida a la consagración redentora de tu Hijo!
¡Madre de la Iglesia! ¡Ilumina
al Pueblo de Dios por el camino de la fe, de la esperanza y de la caridad!
Ilumina especialmente aquellos pueblos de los que Tú misma espera nuestra
consagración y nuestra entrega. Ayúdanos a vivir en la verdad de la
consagración de Cristo toda la familia humana del mundo contemporáneo.
3. Confiando
a Ti, oh Madre, el mundo, todos los hombres y todos los pueblos, Te confiamos,
también la misma consagración del mundo, poniéndola en Tu Corazón
Materno.
¡Oh Corazón Inmaculado! ¡Ayúdanos
a vencer la amenaza del mal, que tan fácilmente se arraiga en el corazón
de los hombres de hoy y que en sus efectos inconmensurables ya grava sobre
la vida presente y parece cerrar los caminos hacia el futuro!.
Del hambre y de la guerra ¡líbranos!.
De la guerra nuclear, de una
autodestrucción incalculable, de toda guerra, ¡líbranos!
De los pecados contra la
vida del hombre desde sus albores, ¡líbranos!.
Del odio y del
envilecimiento de la dignidad de los hijos de Dios ¡líbranos!.
De toda clase de injusticias
en la vida social, nacional e internacional ¡líbranos!.
De la facilidad de
despreciar a los mandamientos de Dios, ¡líbranos!.
De la tentativa de ofuscar
en los corazones humanos la verdad misma de Dios, ¡líbranos!
De la pérdida de la conciencia del bien y del mal, ¡líbranos!.
De los pecados contra el Espíritu
Santo, ¡líbranos! ¡líbranos!.
¡Acoge, oh Madre de Cristo,
este grito cargado con los
sufrimientos de todos los hombres! ¡Cargado
con el grito de enteras sociedades!.
Ayúdanos con el poder del
Espíritu Santo a vencer todo pecado: el pecado del hombre y el pecado del
mundo ', el pecado en todas sus manifestaciones.
¡Que se revele, aún por
esta vez, en la historia del mundo el infinito poder salvífico de la
Redención: poder del Amor
Misericordioso! ¡Que él detenga el mal! ¡Transforme las
conciencias! ¡Que en Tu Corazón Inmaculado se manifieste a todos la
luz de la Esperanza! Amén.
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